martes, 26 de junio de 2012

La historia del "ángel rojo"





El catorce de Febrero de 1972, se dio en España un hecho sin precedentes, un acto que unió a la derecha y a la izquierda anarquista y libertaria, un entierro que juntó, en paz y tranquilidad, al Padrenuestro y al himno anarquista “A las barricadas”.
No podía ser de otra manera cuando todos sin excepción, españoles separados por años de odio e incomprensión, lloraban la muerte de un hombre que puso por delante de todos los ideales y de todas las razones políticas, la vida humana.

El hombre que enterraban se llamaba Don Melchor Rodríguez García y había sido, durante un breve periodo Delegado de Prisiones de la República.

Había nacido en el barrio de Triana en una familia humilde, desde que tenía diez años trabajó en mil oficios, hasta que su increíble afán de perfeccionamiento, le llevó a adquirir justa fama de magnífico chapista.
Desde muy pronto se afilia al partido anarquista, creyendo en un mundo mejor y más justo. Tiene el carné número tres de la CNT.
Por este motivo, ingresa en prisión en innumerables ocasiones, tanto bajo el régimen monárquico, como con la república.
Adquiere un profundo sentimiento de solidaridad y protección para con los presos.

Se dejó el alma, ése alma buena y generosa que tenía, y se jugó la vida en más de una ocasión, por defender a los que estaban detenidos, a los que acusados y juzgados sumarísimamente, tan solo esperaban el paseíto y el pelotón de fusilamiento.

Así había pasado en Guadalajara, donde no se dejó de matar gente hasta que la cárcel se quedó vacía. Las turbas arrasándolo todo a su paso, ciegas, irracionales, violentas…

Por eso se presenta en la cárcel de Alcalá, asaltada por cientos de personas pidiendo criadillas de fascista para desayunar, todavía ardían los incendios de las bombas italianas y alemanas, cuando la masa de gente entró en tromba en la cárcel.
Nadie podía detenerles, nada podía pararles.
Excepto la gallardía, la valentía y la luz que despedía Melchor, cuando, a pecho descubierto se encara con la iracunda masa de fauces y de garras y la detiene.
Con palabras, con razones, con su simpatía sevillana, con el par de cojones que debía tener entre las piernas, Don Melchor detiene al pueblo enfebrecido.
No habrá matanza en Alcalá.
Gracias a su actuación, se salvarán personas de tanto renombre e importancia como:
Muñoz Grandes, Fernández Cuesta, Martín Artajo, Luca de Tena, Serrano Suñer, Sánchez Mazas o el general Valentín Gallarza… Entre otros cientos, sólo allí en Alcalá, donde perdió la camisa, rota de los zarandeos de los exaltados, pero ganó la honra y la gloria que solo alcanzan los hombres buenos.





Cuando se entera de las terribles “sacas” de presos de las cárceles madrileñas, no lo duda un instante. Se enfrenta a los comunistas, que le acusan de traidor, de perro judío y demás lindezas, y logra detener la sarracina.
Llega a veces hasta la misma tapia donde ya esperan los condenados, y allí paraliza a todos con sus palabras, avergonzando a propios y extraños con su actitud recta y humanitaria.
En Madrid también, incauta el palacio del marqués de Viana para allí, encerrar y proteger a las personas acusadas de ser traidores fascistas, a perseguidos que sin él hubiesen sido fusilados sin contemplaciones. Cuando, acabada la guerra, se devuelva el palacio a su legítimo dueño, de allí no faltará, ni una cucharilla de café.

Salva miles de vidas con su actitud desafiante. Salva la honra de España, que estaba deshaciéndose a dentelladas, cubierta de odio y rencor.
Sobre su cabeza brillan en oro las palabras Justicia y Honor.

También luchó siempre a brazo partido para denunciar que en la FAI, el número de aventureros, resentidos sociales, asesinos, ladrones y gente de mala condición, gente que vivía del pistolerismo, y que había contribuido muy mucho al fracaso de la república. Gente que era lo contrario a él, que declaraba que: “Uno puede morir por sus ideas, pero nunca matar por ellas”… Jamás le hicieron caso.

Al acabar la guerra, sus compañeros de la izquierda, que corrían dándose patadas en el culo, rumbo a Valencia y el exilio, abandonando a todos en su carrera, llevándose el agua de los floreros, con el culo apretado gritando mucho libertad y que a las barricadas, pero que vayan otros que a mi me da miedo.
Así que le dejan el marrón de entregar Madrid a las fuerzas nacionales. Vaya papelón, dos días de alcalde accidental, y la sentencia de muerte firmada…
Sin embargo, en el juicio, que se celebra de inmediato, sucede algo inaudito, que deja a la gente patidifusa.

El general Muñoz Grandes, aparece en la sala portando un documento con dos mil firmas. Firmas de personas que ahora son importantes y poderosas en el nuevo régimen.
Personas que Don Melchor, había ayudado, y salvado durante el conflicto.
De muerte a cadena perpetua, después veinte años conmutados a cinco…
La leyenda del “Angel Rojo”, había nacido…

Sin embargo de nada le sirvió. Rechazó el puesto sindicalista que le ofrecieron, y hasta un cheque anónimo de veinticinco mil pelas de la época… Demasiado recto y honrado, demasiado libertario.

Pasa sus días malvendiendo seguros y escribiendo algún artículo en el Ya de Artajo.
Sigue con su actividad clandestina en torno a sus ideales, por eso ingresa en prisión más de una vez.
Allí, de nuevo ayudaba y protegía a los presos, sin distingos de ideas o colores.

Don Melchor fue lo que se conoce como un hombre justo, honrado y que valoraba la vida humana sobre todo lo demás.
Un verdadero Santo, aunque él no creía en ésas cosas.
Aunque para ser santo, no hay que creer, solamente hay que serlo.
Y él lo era. 





Es curioso que en nuestra España remueve cunetas, de memoria selectiva, de muertos de un solo color, de heridas abriéndose, de viejos odios enquistados, de rencores guardados bajo siete llaves que vuelven a reabrirse por el mezquino interés de los mismos de siempre, en esta España, todavía nadie se a acordado de Don Melchor, de lo que hizo.

No interesará remover tanta mierda colorada, ni recordar que tapias de cementerio y cunetas, por desgracia, había en toda España.
Y que hijosdeputa en bandas armadas, vestidos así o asao, cantando esto o lo otro, saqueando, matando y violando, hubo a miles en todas partes, a miles…
Sin embargo hombres como Don Melchor, solo hubo uno…
Y por eso aquí, siempre nos fue, nos va y nos irá mal o peor.
Otra cosa no nos merecemos.

A. Villegas Glez. 26/6/12



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