sábado, 2 de noviembre de 2013

Que Dios te maldiga,Lezo...

El joven Rebolledo se fue por el pasillo con un libro en la mano gritando que aquello no era justo, que era un abuso, que a ninguno de sus amigos les hacían eso, que qué ganas tenía de que pasaran tres años para cumplir 18 y hacer lo que le diera la gana, que era increíble, que menuda pérdida de tiempo, que había quedado a las ocho en el metro, que iba a llegar tarde por su culpa, que mamáaaaaaa, que por favor, que le hiciera entrar en razón a papá...
El joven Rebolledo entró en su cuarto, dio un portazo que desconchó un trozo pequeño de escayola a unos milímetros del dintel de la puerta, tiró el libro contra la pared como si arrojara una tarta a la cara de un payaso, se sentó en la cama y golpeó con el puño cerrado el colchón viscoelástico, que ni se inmutó. El joven, con la almohada en la cara, gritó un millón de palabras prohibidas. Después, se levantó, caminó hasta el fondo de su dormitorio, recogió el libro, se volvió a sentar en la cama y pasó hojas crispado mientras musitaba “No es justo”.
Cuarenta y cinco minutos después, el joven Rebolledo salió de su cuarto, atravesó el pasillo, entró en el salón y alzó la voz: “¡Ya!”. Su madre le miró con una sonrisa. Su padre levantó los ojos por encima del periódico, dobló el diario, lo dejó apoyado en la mesita de café, miró recto a los ojos de su hijo y dijo: “Segundo apellido”.
El joven Rebolledo se mordió el labio inferior, dudó durante un segundo y dijo: “Olabarrieta” y después, sin que le preguntaran: “Nació en Pasajes, en Guipúzcoa”. A su padre se le rizó la comisura de la boca y preguntó: ¿Cuántos hombres defendieron Cartagena junto a Blas de Lezo?”. El joven contestó de mala gana: “España sólo tenía seis navíos de guerra, alrededor de tres mil soldados y medio centenar de indígenas flecheros contra los 186 barcos de la Armada británica y unos treinta mil soldados ingleses y voluntarios de las colonias de Virginia”.
Su padre, tomó un vaso de agua, le dio un sorbo pequeño y dijo: ¿Nombre de la nave capitana?”. El joven dudó: “¿Ga, ga..., esto... Galicia?”. Su padre asintió: “¿Qué gritó elalmirante Vernon cuando fue derrotado?”. El joven Rebolledo miró derecho a los ojos de su padre y masculló: “¡Que Dios te maldiga, Lezo!”.
El padre dejó el vaso sobre la mesilla sin decir palabra. El joven Rebolledo desmayó los brazos y preguntó: “¿Ya me puedo ir?”. Su madre sonrió y su padre dijo: “Sí, claro”. El joven salió corriendo al recibidor y cuando abrió la puerta aún pudo oír a su padre gritar: “El año que viene, si quieres ir a otra fiestecita de Halloween te tendrás que aprender la noche triste de Cortés, ¿estamos? ”.
-Visto en La Gaceta

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